El estigma social

October 14, 2018

 

 

                Por mi parte prefiero evitar los temas de: Religión, política e ingresos, para no salir enemistada con nadie, ya que son muy personales y generan reacciones viscerales. Pero muchas veces hay personas que desean enterarse. Soy muy reservada, la vida me ha enseñado a guardar compostura y también palabras y prefiero que sean mis hechos los que hablen. También, como no me gusta que me juzguen, evito meterme en donde no me llaman y menos juzgar a otros. ¿Quién soy yo para decir si lo que hacen es bueno o malo?

 

               Para mí, lo “bueno y malo” es relativo a la cultura de cada quien. Les comparto un ejemplo que me sucedió, en Latinoamérica es “normal” andar con camisetas de tirantes por el calor que caracteriza estas tierras, sin embargo, cuando me encontraba de visita en Japón y me quedé en casa de una familia japonesa, fuimos a lugares hermosos y hacía mucho calor pues estaba entrando la primavera y hacía mucho sol, sin embargo ¡todas las mujeres usaban camisetas de manga larga! Yo me puse una de tirantes, pero al momento de salir la chica que traducía me dijo “¿Sabes? Preferiríamos que te cubrieras con una camiseta de manga larga, aquí no es bien visto andar con los hombros descubiertos.” Si, al principio me quedé en “shock” sin embargo después me di cuenta de que es otra cultura y como tal tengo que acatar sus reglas ya que por algo creen en ello.

 

               Este es solo un ejemplo de los muchos que me han sucedido, por eso evito decir tajantemente “esto es bueno, malo, ella es buena, mala, él es bueno o malo…” Prefiero ver a las personas como flores o árboles que pasan por estaciones, si veo que es muy fría, cortante y usa palabras hirientes, en vez de creer que es una “mala persona” y catalogarla bajo esa imagen, prefiero pensar que está pasando por un invierno en su vida y que por lo tanto reacciona de esa manera, quizás, después de algunos años que nos topemos, esa misma persona se encuentre en primavera y ya no me conteste con palabras hirientes y hasta me sonría.

               

               Cuando llegan personas a mi vida y quieren hablar sobre otras personas para juzgarlas, prefiero “pintar una raya” y decirles que no, que yo no soy nadie para juzgar a nadie y por lo tanto, no quiero participar en ninguna plática.

 

               Pero una vez leí que “juzgar” o “hablar de otros” es el deporte favorito de mucha gente, y pese a no practicarlo, no me he salvado de que me usen como pelota.

               

               Ayer mientras platicaba con alguien de la “familia”, me dijo que “estaría bien que me fuera con mi tía la que se fue de mojada al otro lado, a trabajar de mesera con ella”. Sonreí. Si bien, en mis inicios si hubo un tiempo en que fui mesera, en esta etapa de mi vida estoy en otro lugar muy diferente.

             

               Hace muchos años, vi en un misionero en India a un hombre sabio. Me acerqué a él y le pregunté: “¿Cómo le hace? Usted se siente incomprendido pero aún así sigue adelante en lo que usted desea, ¿cómo lo hace? A mí no paran de llegarme las palabras hirientes y no sé cómo enfrentarlo.”

               

               Este hombre, en su sabiduría, me dijo que las personas nos decían las cosas por amor, solamente que su idiosincrasia era más limitada que la nuestra, por eso ellos no veían más allá como nosotros, ellos estaban limitados a sus oportunidades, condiciones y situaciones, pero nosotros que habíamos visto un mundo más allá, veíamos más oportunidades, nos adaptábamos a esas condiciones y mejorábamos nuestras situaciones. Cuando me lo dijo, me abrió el entendimiento. Yo siempre creí que me lo decían en mal, hasta que me di cuenta de que me lo dicen porque es hasta donde su visión les llega. Desde ese momento, cada vez que alguien llega a decirme algo muy por debajo de mi visión, solo sonrío y digo gracias, porque prefiero creer que lo dicen por mi bien. Y yo sigo mi camino. Así no me afecta y les externo gratitud.

          

               Y justo ayer sucedió. Soy una persona muy diferente a lo “normal”. Y es muy difícil que alguien me pueda conocer a fondo, creo que mi hija es la única, ya que ni siquiera mi mamá o papá me conocen bien por lo mismo que hemos estado separados por muchos años, y con el tiempo la gente cambia. Jamás me ha importado seguir los patrones establecidos socialmente y siempre he cuestionado absolutamente todo. Cambio constantemente y jamás me “caso” con alguna idea, ya que creo que el mundo está en constante evolución así como yo, ya que no soy la misma persona de hace un año, pues trato de mejorar en cada aspecto, eso es lo que considero evolución.

             

               Y bueno, pues ayer, me decía esta persona: “Pero, ¿si ganas suficiente? ¿Más que lo que ganarías de mesera?”… “Es que debes de tener cosas - dijo palpando la mesa-, por tu hija, sino, ¿qué le vas a dejar a esa pobre criatura?”.

               

               Me recordó a otra plática con un hombre de negocios en India. Nos encontrábamos todos en una conferencia de negocios en Bangalore, él nativo de la región, yo extranjera, intercambiamos tarjetas y al enterarse de mi situación de madre soltera, me preguntó “¿y si ganas lo suficiente para mantenerte? Es que una mujer siempre necesita a un hombre y tu…” Y también, igual, tan sólo sonreí. Creo que un viaje a la India con tu hija, no sale en $2 dólares y mi hija y yo estábamos ahí tan solo por una conferencia y compartiendo sobre mi escuela… no entiendo a qué venía su comentario.

               

               Pero el mundo es así.

 

               Jamás digo mis ingresos, se me hace de mal gusto externarlo. Tampoco me gusta alardear con ropa, joyas, gadgets, carros o esas cosas materiales, aparte de que no he encontrado el sitio que deseo para “echar raíces”, me gustan las ciudades hermosas y aún no encuentro la que deseo para mí, estoy en sitios por temporadas, para aprender, crecer, desarrollar y después irme, creo que lo haré hasta que me case y será decisión conjunta con mi futuro esposo. Para mí, todo lo material son solo instrumentos para llegar a una meta. Si tengo los “mejores gadgets” no es para presumir sino para utilizarlos en mi trabajo, si me visto sencilla es porque no quiero que hombres me tomen fotos (ya muchos lo han hecho y me molesta ya que en este país no es posible ser femenina porque ya a una la quieren violar o secuestrar), si vivo una vida sin alardear, es porque para mí, alardeo es sinónimo de falta de estilo. Y así como trato a los ministros, embajadores, gobernadores o autoridades, también trato a las personas que hacen el aseo, al albañil o a los jardineros. Porque ya me ha tocado tratar a gente de todos esos niveles.

               

               Pero pareciera que porque una es sencilla y simple aunado a ser madre soltera, otros gusten en juzgar eso.

           

            Recuerdo que cuando abrí mi primera escuela, llegó una señora con un aire muy marcado de altivez y al ver que fui yo quien la atendí, como soy “traga-años” y “chaparrita”, me miró hacia abajo y me dijo:

 

- ¿Y quién es quién da las clases?

- Yo.

- ¿Y tú quién eres o qué eres?

 

           Y me reí. La mujer no entendía lo que decían todos los diplomas que tenía colgados ya que estaban en chino, en ruso y algunos en inglés. Así que no podía entender lo calificada que estoy y al verme pequeñita y vistiendo sencillo, creyó que yo no sabía lo que decía saber. Y me reí.

 

              Así me han tocado muchas personas en mi vida. Juzgan al libro por la portada. Y como siempre hago, me río.

 

         Una no debe andar dando explicaciones a nadie, generalmente las personas visionarias siempre son las menos comprendidas.

               

               Así que, ¿de qué me sirve amasar cosas materiales cuando puedo invertirlo en cuestiones más sabias? Pero no todos tienen esa visión para comprenderlo y juzgan. Y ante tales juicios tan solo sonrío.

 

               Dios me ha dado tanto y no hablo de materiales, sino que me ha dado tanto en emociones, Dios es tan sabio como para saber que a mi corazón no lo llenan los materiales sino los momentos bellos. ¿Para qué alardearlo? Creo que el día que enseñemos a nuestros hijos a utilizar las cosas como instrumentos y ayudar a otros a través de nuestro trabajo y talentos en vez de querer ser más que ellos o vivir en una eterna competencia, los liberaremos del yugo del estigma social que a tantos aqueja.

 

               Mientras tanto, prefiero invertir en crear memorias y trabajar sabiamente en vez de terminarme mis años persiguiendo lo que otros creen que debo hacer.

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